* * El grito desesperado de Auschwitz. – Noticia Global

El grito desesperado de Auschwitz.

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¿Cómo se puede describir el infierno donde se ha producido la mayor matanza de la historia? ¿Qué se puede decir acerca del lugar donde naufragan las palabras y resultan inútiles los adjetivos; donde murió para siempre la poesía y se desvaneció toda belleza que pudiera quedar en el mundo?

El grado de depravación alcanzado en Auschwitz sobrepasa al entendimiento humano, y por ello resulta vano cualquier esfuerzo por intentar descifrar la naturaleza de esta fábrica de muertos en la que se dieron las condiciones más extremas que ha conocido la humanidad. Pero esta cicatriz maldita debe quedar como una advertencia. En palabras de Primo Levi, «si comprender es imposible, conocer es necesario, porque lo sucedido puede volver a suceder».

Se calcula que de 1.300.000 personas que fueron enviadas a Auschwitz, 1.100.000 murieron allí asesinadas. Un millón eran judías. El resto, aproximadamente 70.000 fueron prisioneros polacos, 20.000 gitanos, 10.000 prisioneros de guerra soviéticos, así como centenares de homosexuales, discapacitados, opositores políticos y testigos de Jehová.

Auschwitz ha pasado a la historia como el símbolo más poderoso de la Shoah, pero se trató tan solo de una parte de la ‘solución final’, el proceso ideado por los nazis para resolver lo que ellos denominaron «problema judío», y que contemplaba el exterminio de once millones de personas repartidas por toda Europa. Consiguieron asesinar a seis millones.

Para alcanzar su objetivo, trazaron un plan que nadie antes había intentado: ejecutar a cientos de miles de seres humanos de forma mecanizada, de la manera más eficiente posible. Su método consistía en obligar a familias enteras a subir a un enlace ferroviario, desde los diferentes países europeos ocupados, para conducirlas engañadas hasta las cámaras de gas.

Los nazis pronto se dieron cuenta de que el mayor problema técnico no era matar. Eso resultaba relativamente fácil. La dificultad residía en deshacerse de los cuerpos con la misma velocidad, algo en lo que los crematorios desempeñaron un papel esencial. Birkenau tenía cuatro de estas macabras instalaciones, cada una con quince grandes hornos y una cámara en la que podían ser gaseadas hasta 3.000 personas por turno.

Todo en Auschwitz era perversamente desproporcionado, comenzando por su capacidad mortífera. En este sentido, superó a los campos de la Operación Reinhard, diseñados por los nazis para exterminar a los judíos de la Polonia ocupada -el país europeo con mayor población hebrea-. Sus nombres también han pasado a engrosar la historia universal de la infamia: Treblinka, Chelmno, Belzec, Sobibor y Majdanek.

Entre ellos, destaca Treblinka, una pequeña instalación oculta en la frondosidad de los bosques polacos, cien kilómetros al noreste de Varsovia. Allí, entre 700.000 y 900.000 judíos fueron asfixiados con gases de escape de motor. Si finalmente Auschwitz superó en número de muertos a Treblinka fue por la deportación casi a última hora de 430.000 judíos húngaros, concebida como el acto agónico de venganza de una bestia moribunda. Esta borrachera homicida se produjo entre mayo y julio de 1944, cuando ya estaba claro que Alemania se encaminaba hacia una derrota segura en la Segunda Guerra Mundial.

Genocidio a sangre fría

Pero si algo caracterizó al exterminio industrial de Auschwitz fue su total sangre fría. En su carácter metódico residió la principal diferencia con otros genocidios o matanzas a gran escala que se han sucedido a lo largo de la historia. Fue un proceso indiscriminado que no entendió de sexo ni de edad -¡200.000 niños fueron asesinados allí!-, tan carente de pasión y sistemático como pudiera ser la producción de tornillos en una fábrica.

Todo estaba planeado hasta el último detalle para optimizar el proceso, desde el momento en el que los judíos eran capturados en sus países de origen hasta que acababan reducidos a cenizas.

Normalmente, los prisioneros no eran conscientes de su inminente muerte hasta que ya estaban dentro de la cámara de gas. Se les conducía allí mediante engaños, haciéndoles creer que estaban de paso hacia algún campo de trabajo del Este de Europa, y que iban a recibir una ducha para desinfectarse. Así, no solo se desnudaban de manera voluntaria, sino que se evitaban situaciones de pánico, mucho más complicadas de gestionar.

En los vestuarios, antesalas de las cámaras de gas, había carteles en todos los idiomas donde se podían leer consignas como «Sé limpio», «Un piojo, tu muerte» o «¡A la sala de desinfección!». La promesa de una taza de té después de la ducha, para aquellos seres desgraciados que llegaban de un viaje de varios días hacinados en un vagón de ganado sin bebida ni alimento, casi siempre sobre heces y cadáveres, ejercía en ellos un efecto hipnótico que aumentaba aún más su sumisión.

La inmoralidad y el cinismo nazis no tuvieron parangón. Otro buen ejemplo es el tristemente célebre Zyklon B, el producto con el que asfixiaban a aquellas personas indefensas. Se trataba de ácido prúsico cristalizado, un potente químico basado en el cianuro que se había empleado durante años como pesticida y desinfectante. El doble sentido de los carteles de los vestuarios resulta de una vileza indescriptible.

Son estos matices los que hicieron aún más repugnante el procedimiento concebido por los dirigentes del Tercer Reich. Hechos como que, para contribuir al engaño, las columnas de condenados, en su camino hacia las cámaras de gas, eran escoltadas por una ambulancia con una cruz roja pintada sobre un fondo blanco. En este vehículo era donde los SS transportaban las latas de Zyklon B.

Mercado de esclavos

Auschwitz-Birkenau fue, por encima de todo, una monstruosa combinación de campo de concentración y de exterminio. Pero también cumplió otras funciones: laboratorio de experimentación humana, nido de los SS consagrado a la rapiña, agujero de corrupción y, de manera muy significativa, mercado de esclavos.

Auschwitz se creó en febrero de 1940, en la localidad de Oswiecim, en la Alta Silesia, aprovechando unas instalaciones militares en desuso. Los primeros prisioneros llegaron cuatro meses después, y a partir de entonces comenzó su actividad como campo de concentración y de trabajos forzados.

Fue el interés de la I.G. Farben, conglomerado alemán de empresas químicas -algunas de ellas siguen existiendo en la actualidad y son mundialmente conocidas, como Bayer, BASF o Agfa- el que elevó a este campo, apenas relevante para el Estado nazi, a la categoría de epicentro del Holocausto.

 

Los judíos llegaban hasta Auschwitz-Birkenau en vagones de ganado, en condiciones deplorables.Las familias judías llegaban hasta Auschwitz-Birkenau en vagones de ganado, en condiciones deplorables.

 

La ampliación se construyó a unos tres kilómetros, en un terreno pantanoso e infestado de insectos al que los polacos llamaban Brzezinska. Fue rebautizado con el nombre alemán de Birkenau, y con una superficie de 170 hectáreas se convirtió en un gigantesco recinto al servicio de la ‘solución final’, del que a su vez dependía una red de subcampos donde los prisioneros realizaban trabajos forzados.

En verano de 1943, comenzaron a funcionar a pleno rendimiento los cuatro crematorios instalados en Birkenau. Los enfermos, los ancianos y los niños -y casi siempre las madres que los acompañaban, para evitar que su ardor por no separarse de sus hijos entorpeciese el proceso de exterminio- eran enviados directamente allí.

El resto de prisioneros debía enfrentarse a las terribles «selecciones», en las que doctores de la Schutzstaffel decidían en apenas unos segundos, sin ningún criterio científico, si eran o no «aptos para el trabajo». Los que no contaban con la aprobación médica eran conducidos a la muerte. Los que recibían el visto bueno eran indultados temporalmente para trabajar hasta morir, lo que solía suceder en apenas unos meses.

Por lo general, si eran considerados «aptos para el trabajo» pasaban varias semanas en cuarentena, y luego se les enviaba a los campos de trabajo cercanos o incluso mucho más lejos, a cualquier rincón del Reich, como mano de obra esclava en todo tipo de fábricas.

Una de las imágenes más célebres de Auschwitz es el letrero que se encuentra sobre la puerta de entrada, en el que se puede leer Arbeit macht frei («El trabajo libera»), un eslogan reproducido en otros campos y copiado de Dachau. Sin embargo, se trataba de una muestra más del cinismo nazi. El verdadero lema que impulsaba la ‘solución final’ era otro, y estaba escrito en la entrada del campo de Buchenwald, muy cerca de la ciudad alemana de Weimar: Jedem das Seine («A cada uno, lo que se merece»).

 

Vista aérea parcial de Birkenau en la actualidad, en la que se puede apreciar la magnitud del recinto.Vista aérea parcial de Birkenau en la actualidad, en la que se puede apreciar la magnitud del recinto.

 

Los abismos del alma humana

Auschwitz-Birkenau se convirtió en un lugar superpoblado e infecto, azotado por las enfermedades y el hambre. La vida allí estaba regida por el principio más básico: la lucha por la supervivencia inmediata. Las ejecuciones arbitrarias, los experimentos médicos atroces, las humillaciones, los parásitos, las disputas por el uso de las letrinas, el frío, el calor o la lucha por encontrar alimento se convirtieron en la rutina de este pequeño universo regido por la muerte, el dolor y la locura.

Una situación límite mantenida durante años, seguramente la más extrema que se haya conocido nunca, capaz de sacar lo mejor y lo peor de cada uno de los reclusos. Como dejó escrito Viktor Frankl en su libro El hombre en busca de sentido, «la vida en el campo de concentración abría de par en par el alma humana y sacaba a la luz sus abismos».

El campo funcionaba con el sistema de Kapos, emulado también de Dachau. Normalmente, se trataba de criminales o presos políticos, muchos de ellos con un claro perfil psicópata, que ejercían funciones de supervisión sobre otros presos, principalmente judíos, quienes hacían el trabajo sucio del campo. De esta manera, el funcionamiento de la maquinaria letal de Birkenau dependía directamente de muy pocos hombres de la Schutzstaffel.

La figura de los Sonderkommandos («comandos especiales») se convirtió en otra de las piezas clave de la mecánica de Birkenau. Eran unidades de trabajo formadas por prisioneros, cuya labor de desarrollaba en las cámaras de gas y en los hornos. Cada tres o cuatro meses, eran aniquilados por los SS y sustituidos por un nuevo grupo de hombres. Muchos de ellos tuvieron que soportar la mayor pesadilla que se pueda imaginar: desempeñar estas funciones con sus familiares y amigos.

Filip Müller, un judío eslovaco que trabajó en los crematorios de Birkenau y excepcionalmente sobrevivió a cinco liquidaciones, resume esta tortura insoportable en una frase: «El que quiere vivir, está condenado a la esperanza». Müller es una de las voces atormentadas que desfila en el documental Shoah, de Claude Lanzmann, seguramente el tributo más necesario que se ha dedicado a la memoria del Holocausto.

«Un grito de dezespero»

Auschwitz fue liberado el 27 de enero de 1945, fecha que se ha escogido para conmemorar la Shoah, la gran catástrofe del pueblo judío, y también de la humanidad en su conjunto. En Birkenau, entre los crematorios 2 y 3, se erigió en monumento en recuerdo de las víctimas del nazismo. Contiene el mismo mensaje, escrito en las diferentes lenguas del campo. La inscripción en judeoespañol reza así:

“Ke este lugar, ande los nazis
eksterminaron un milyon
i medyo de ombres,
de mujeres i de kriaturas,
la mas parte djudyos
de varyos payizes de la Evropa,
sea para syempre,
para la umanidad,
un grito de dezespero
i unas sinyales.

Auschwitz – Birkenau
1940 – 1945”

 

Que este lamento desesperado nunca deje de brotar de sus ruinas como un recordatorio de aquello en lo que el ser humano se puede convertir.

 

Fuente:RTVE.