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Fernando Pessoa: Transparencia de la materia

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Por JUAN MARTINS

A— Quisiera saber cómo estás hecho por dentro.

E—[…] ¡Y eres de la materia de las cosas irreales!

Fernando Pessoa (Dialogo na sombra: 2018: 132) (1)

Alexander Search, Álvaro de Campos, Alberto Caeiro, Bernardo Soares, Ricardo Reis, Federico Reis, Antonio Mora, el Barón de Teive, Abilio Quaresma y él, Fernando Pessoa, aquellos sus heterónimos. Incluso una voz femenina: María José.

Y otra vez Fernando Pessoa, las voces que se integran en este «pronombre» hecho en y desde la lengua portuguesa, su gentilicio porque su patria es la lengua portuguesa. Sabremos pues cómo nos representa en su interior al determinar la función de esa relación: en qué medida es un gran escritor.

Lo es y, por lo que necesitamos saber, se revelan sus premisas conforme a los principios de la vanguardia (primera ventana a la modernidad): estructuras y formas, lo simbólico o lo abstracto dispuestos en la segmentación del discurso, sin embargo en esa formalidad de lo abstracto el sujeto, la voz de aquella dicción se introduce en el sujeto, en tanto personaje(s) para las condiciones éticas y morales (si acaso insistimos en un sistema de ideas) de esta idiosincrasia la cual ahora se fragmenta, puesto que estos personajes se identifican siempre que anuncien los «valores» del pensamiento.

Lo lusitano está presente, sí, pero todo camina hacia adelante: Pessoa hace ruptura con el tiempo real de su escritura: el ritmo, lo fragmentario o la posibilidad de crear nuevas rupturas con el discurso «naturalista» de su época. Las «formas» simbólicas se imponen como búsqueda irreverente. Siendo así, hay que entender por qué en Pessoa esta actitud huraña como en Kafka su vocación literaria. La lógica narrativa del drama implícita en la composición: aquella «forma» se libera para que el lector/espectador interprete.

Tendremos entonces que tener paciencia, «comprender» cómo su escritura es «sonido», ritmo, ruptura y, a decir verdad, la abstracción de su propia realidad, aun, el enredo gramatical es parte de esa recreación literaria que se hace «mixtura»:

A—[…], quiero soñar un poco más… Aún es un refugio, el sueño.

B—Yo ya no sé soñar. Necesito vivir. Necesito irme, si no me muero, no sé cómo, pero me muero […] [Subrayados nuestros] (Inercia, 2018:147).

La definición de los sueños representan la forma del discurso que le confiere el drama, puesto que la palabras son una sensación sacudida por la razón. Tratemos de explicarnos, lo intentaré: en gran parte su teatro, que en secreto se consumó en algunas tardes de Lisboa, sin la presencia de la fama, en la soledad y el silencio que le pertenecía, la misma que condujo a su otro heterónimo, Bernardo Soares quien tituló Livro do desassossego, el libro que es todos los libros, en tanto es novela, libro de ensayo y cuyo giro poético se sostiene en su aparente segmentación. Funciona en sus estructuras independientes del género ordenado. Léase como frase, verso o unidad relatora. 

Siempre la soledad y, sobre ella, la duda del lugar que ocupa el hombre, su dolor y el sentido hacia los otros. Otredad que nos hace desvanecer sobre esa poética del dolor como delirio del sentido. Dudar, significar o encontrar el camino de la historia relatada, como gesto sublevado en la disciplina de la escritura: la racionalidad con la cual le ocupaba la construcción del drama poético.

El texto anterior es de su pieza Inercia es uno entre otros ejemplos: O MarinheiroDialogo na SombraOs emigrantesA CadellaOs EstrangeirosSakayamuniSaloméA Casa dos MortosCalvario y Intervenção Cirurgica. Sin embargo, esta figura de lo abstracto y simbólico reside en sus sienes una estructura racional poderosa. Para quien, lo sabremos décadas más tarde, representaría la entrada de la modernidad en Portugal. Se carga de esta fuerza racional desde su propia ambigüedad conceptual.

Alberto Caeiro, Álvaro de Campos, Bernardo Soares y Ricardo Reis, por citar lo más importantes, representan, entre sí, su separación amoral, profunda y naciente de su ética devenida en el discurso de aquella modernidad o desde el arquetipo para su postura intelectual.

Esto quiere decir que alcanza su poder racional, como si estas voces encubrieran la naturaleza del sujeto. Y la realidad naciera, a su vez, en la ficción. Todos, el otro y el yo que se dispersan. La otredad en lo simbólico de la escritura.

A modo de darles una idea −permítanme por favor−, imaginen a unos actores/actrices reunidos con rostros hieráticos y las mismas vestiduras, repitiendo parlamentos abstractos con el propósito de hundir nuestras emociones de espectadores, hasta incorporarlas en una escena.

Se pierden los límites entre la emoción y la razón, entre el espacio y el tiempo, entre el actor y el público, entre el espacio real y el escénico, entre la claridad y la oscuridad, el placer y el deseo o entre el dolor y el desasosiego. El poema es su corporeidad teatral. Se hace cuerpo en el actor.